Monday, July 14, 2008
Saturday, October 29, 2005

Un mundo en sombras
Para el hombre europeo de los años 1000, la vida carecía de horizontes definidos. Con la caída de los grandes imperios, pero de manera especial con el desmembramiento del Sacro Imperio creado por Carlomagno, el feudalismo se extendió por toda Europa e impuso un nuevo tipo de relación social: el juramento de lealtad que vinculaba al vasallo con un señor; a cambio de esta fidelidad, el señor concedía a su vasallo un feudo y le garantizaba protección.
Al desaparecer las grandes urbes como Atenas y Roma, Europa se fraccionó en pequeños reinos, en los que surgieron infinidad de aldeas en torno al castillo señorial. La vida allí transcurría monótona y sin perspectivas de cambio. El señor disponía de sus propiedades y de sus hombres, tanto para la producción agrícola como para la guerra con los feudos vecinos.
Sostenía una relación distante con el rey, quien para mantenerlo fiel a la corona le otorgaba; prerrogativas y donaciones de tierras que aumentaban, territorial y jurídicamente, su poder feudal. El soberano, por su parte, trataba de mantener un mínimo de cohesión entre los dominios fraccionados, pero veía mermado su poderío en la pugna permanente con la Iglesia, que aspiraba en convertirse en el único poder universal.
En el otro extremo de la escala social, el hombre común vivía sometido a la servidumbre, a los temores de un mundo que la ciencia todavía no había descifrado, al respeto por una Iglesia todopoderosa y a la cual le reconocía la capacidad de adminis-trar justicia tanto terrenal como celestial. Lleno de miedos e incertidumbres, este hombre vivía en pequeñas construcciones que eran el símbolo de su propia existencia: en lugar de las casas romanas, construidas alrededor de un patio central y con habitaciones espaciosas plenas de luz, habitaba en chozas frías y lúgubres, apenas iluminadas por diminutas ventanas. Los hábitos higiénicos, que tan alto desarrollo habían alcanzado en los imperios desapare-cidos, perdieron su importancia hasta casi extinguirse; de ahí que se incrementaran las enfermedades infecciosas, grandes epidemias que estuvieron a punto de diezmar a Europa en varias ocasiones. Como manifestación cotidiana de las sombras que se apoderaron del mundo, la ropa dejó de ser ligera y sensual y se convirtió en pesadas prendas que cubrían el cuerpo del cuello hasta los pies.
El comercio y la industria estaban detenidos en su desarrollo, salvo en los asentamientos marítimos (Venecia, Génova, Pisa). La ciencia y el conocimiento hacían escasos progresos (a excepción de España, donde la influencia árabe producía avances en todas las ramas del saber), y el arte otrora dejó su lugar a un artesanado que lentamente mejoraba sus técnicas. Sólo Iglesia desarrolló una función dinámica tras los muros de los monasterios, y proclamó el valor universal de su fe, a la vez que aportó un elemento desconocido en los siglos anteriores: la igualdad de todos hombres ante la mirada de un ser supremo Así revitalizó el interés de conocer, peregrinando hasta ellos, Los Santos Lugares.
Cuando Urbano II convoca a la cruzada, lo hace esgrimiendo el motivo declarado de reconquistar Jerusalén, pero estudiosos modernos como Carl Grimberg y Steven Rurcinam estiman que también encontró en e la posibilidad de solucionar difíciles problemas políticos y demográficos. La expedición era un magnífico medio para alejar sus reductos a los señores y caballeros belicosos; para comprometer a reyes y prínci-pes en una empresa motivada y dirigida por la Iglesia, para canalizar, con promesas de un mundo mejor, las inquietudes de los humildes. Los nobles tendrían la oportunidad de poner en práctica sus afanes combativos; los siervos, la opción de liberarse de su sojuzgamiento; todos: la ocasión de enriquecerse de una vez y para siempre. Urbano aprovechó esta conjunción de factores y prometió para los cruzados el perdón de sus pecados, la condonación de sus deudas y el enseñoramiento de las tierras que conquistaran, en las que "fluían leche y miel, como en otro paraíso de delicias", mientras que las que dejarían eran "demasiado angostas para vuestra población" y carentes de recursos alimenticios. Para una Europa empobrecida, pero especialmente para una Francia al borde de la hambruna, tales promesas no podían ser más tentadoras.

Jerusalén perdida y nunca más recuperada.
Sin embargo, la meta declarada por quienes organizaron dicha expedición fue, precisamente, respaldar a Ultramar contra los constantes peligros que significaba para su seguridad el mundo islámico que tenía a sus espaldas. En la nochebuena de 1144, los musulmanes reconquistaron Edesa y pusieron en precaria situación a las otras poblaciones cristianas. Ante estos hechos, Bernardo de Claraval llamó a una segunda cruzada que contó con la participación personal de dos monarcas, Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania.
Confusa desde sus inicios, esta expedición duró dos años, al final de los cuales no sólo no retomó el poder de Edesa, sino que terminó disgregándose, dejando librados a sus propios medios a los restantes baluartes de Ultramar. Dentro de Jerusalén, Trípoli y Antioquía, estas noticias provocaron gran alarma.
Si bien existían las órdenes de los Templarios y los Hospitalarios, fundadas por caballeros franceses que hicieron voto de pobreza, castidad y obediencia para defender por las armas el reino de Jerusalén, sus fuerzas no eran superiores a los veinte mil hombres y no disponían del armamento necesario para enfrentarse a una invasión en masa.
Esta se produjo en 1187, comandada por el sultán Saladino, quien expulsó a los cristianos de los territorios ocupados. Europa quiso responder con una tercera cruzada, organizada casi cien años después que la primera, y que pareció tener el espíritu y la determinación de aquélla, aunque nunca obtuvo sus mismos resultados. Esta cruzada llevó a Oriente un gigantesco ejército guiado por los tres reyes europeos más poderosos: Federico Barbarroja, de Alemania (que murió ahogado antes de entrar en acción); Felipe Augusto, de Francia (que regresó con la mayoría de sus hombres, luego de haber entablado duros combates); y Ricardo Corazón de León, de Inglaterra (que llegó a establecer un acuerdo con Saladino, aunque sin recuperar ninguno de los lugares perdidos).
Hubo luego otras cinco cruzadas, cada de las cuales desvirtuaba aún más los objetivos originales. Nebulosas razones políticas y claros motivos fueron sus fundamentos, aunque siempre bajo el estandarte recuperar el Santo Sepulcro y con el grito de "¡Dios lo quiere!" En 1291, finalmente, las fuerzas del Islam ocuparon San Juan de Acre, el último bastión cristiano en Tierra Santa, y las cruzadas llegaron a su fin.
De alguna forma, era el final lógico para ana empresa que a lo largo de dos siglos vio transformada su intención primera. Europa había entrado en la economía mercantil en lugar del intercambio, y ello favoreció el auge de los mercaderes, enriquecidos a través del comercio propiciado por las cruzadas. Paralelamente, la nobleza veía mermado su poderío económico y debía conceder la libertad a ciudades y siervos.
Las poblaciones se volvían autónomas y pujantes, modificando lentamente las relaciones de poder. Los conocimientos técnicos, así como los hábitos y costumbres traídos de Oriente se incorporaron al saber y la vida occidentales.
Las brumas de la Edad Media comenzaban a disiparse y un nuevo espíritu animaba a los hombres, un espíritu que ya no comprendía la necesidad de reconquistar unas tierras lejanas, pero que en cambio afirmaba el deseo de consolidar su propio desarrollo. Poco a poco se abría el camino hacia el Renacimiento. Las cruzadas pasaban a la historia.
Thursday, October 27, 2005

EL LEGADO DE LAS CRUZADAS
No todos los cruzados que llegaron a Palestina se quedaron en Ultramar; algunos una vez reconquistados los Santos Lugares, optaron por regresar a su lugar de origen en la conciencia de haber cumplido con su fe. Fueron ellos los primeros en traer noticias de una civilización notablemente avanzada en relación a la europea. Más tarde, durante el incesante ir y venir de viajeros que propiciaron los doscientos años de cruzadas, estos contactos se hicieron más sólidos y profundos, transformándose en influencias orientales sobre la vida de Europa.
Sin duda, el aspecto más significativo de este proceso fue de orden económico: a partir de la cuarta cruzada, los grandes centros marítimos italianos (Génova, Venecia, Pisa) comenzaron una expansión mercantil cuyo punto de partida es el comercio con Oriente. Se traficó con tejidos de Trípoli, Antioquía, Tiro y Damasco, con sedas de China, algodones de Persia, pieles de Armenia, plumas de avestruz de Arabia, vidrios y cerámicas de San Juan de Acre y Jafa, todos productos desconocidos en la Europa medieval. Al mismo tiempo, este comercio fortaleció a los mercaderes en detrimento de la nobleza, iniciando así la paulatina transformación que habría de modificar por completo la estructura social europea.
Pero si las consecuencias económicas de las cruzadas tuvieron resonancias tan amplias, no menos significativos fueron sus efectos sobre diversos aspectos de la vida cotidiana. Por el influjo de cruzados y peregrinos, Europa vio enriquecidas sus costumbres culinarias al conocer especias como el jengibre, la pimienta y el clavo, que llegaron de Oriente junto con la nuez moscada, la canela, los higos, los dátiles, las almendras, el arroz y el azúcar.
Los placeres de la vida hogareña fueron estimulados con plantas aromáticas como el rosal y el lirio; los conocimientos medicinales con bálsamos anestésicos para la cirugía; los ritos familiares con la aparición de buena costumbres en la mesa; la comodidad doméstica con la incorporación de las alfombras que reemplazaron las antiguas esteras de paja y juco. Las mujeres comenzaron a utilizar refinados perfumes, los hombre baños de vapor; y ambos: espejos de cristal en lugar de los antiguos discos de metal pulido.
Igualmente grande fue la influencia oriental en la arquitectura, que modificó por completo los conceptos para la construcción de castillos y fortalezas, favoreciendo sus recursos defensivos y su funcionalidad general. Otro tanto ocurrió con la teórica de la fabricación de armas, que perfeccionó las existentes, creando algunas en atención de los requerimientos propios de la guerra; también se modificaron las técnicas para emplearlas tácticamente y la destreza individual en su manejo.
Por último, las ciencias fueron beneficiadas en cuestiones de álgebra y astronomía, además de que gracias a los cruzados se conocieron en Europa los fertilizantes, el papel y los números arábigos, tres elementos de singular importancia en desarrollo histórico de Occidente.

Nacimiento de Ultramar
Los territorios reconquistados fueron repartidos de la siguiente forma: Edesa para Balduino, Antioquía para Bohemundo, Trípoli para Raimundo y Jerusalén para Godofredo. Todos quedaron como feudatarios de éste, que fue reconocido cabeza del Reino Latino de Jerusalén. Estos señoríos construyeron una larga cadena de fortalezas y puertos fortificados a lo largo de la costa mediterránea, y para llamarlos de manera uniforme se les dio el nombre de Ultramar.
Demostradas sus aptitudes guerreras, los hombres que habían reconquistado para la cristiandad Tierra Santa trataron de imponer en sus feudos un tipo de vida similar al que llevaban en Europa. Sin embargo, las cosas no podrían ser iguales, toda vez que la realidad ante la que se encontraban distaba mucho de ser similar a la europea.
Esto se puso de manifiesto durante su estancia en Constantinopla, donde encontraron una civilización culta y refinada de la que no tenían sino difusas noticias. Cuando partieron para su legendaria empresa, Roma, París o Londres no pasaban de ser rudimentarias ciudades con mercados más o menos importantes; Constantinopla, en cambio, era una auténtica capital imperial; sus calles pavimentadas se engalanaban en las noches, merced a la iluminación artificial; en sus tiendas se comerciaba con todo tipo de productos, la gente disfrutaba de parques, teatros y de un hipódromo.
Constantinopla se enorgullecía también de mansiones donde vivían los grandes señores, entre mármoles, mosaicos, piedras preciosas y tejidos extraordinarios.
El encuentro con esta cultura resultó un descubrimiento para los cruzados, ya fueran éstos señores o simples soldados convertidos después del triunfo en colonos de las tierras ganadas tras duras batallas. Para todos, de una u otra forma se hacían realidad las promesas del papa, y el mundo sombrío dejado atrás parecía esfumarse en un presente pródigo de novedades. Porque más allá de la reconquista, el proceso que se produjo en Ultramar resultó todo lo contrario de aquello que los europeos querían promover.
Fueron ellos, y no los vencidos, quienes modificaron sus costumbres para adoptar las recién descubiertas. Rápidamente se habituaron a las construcciones de amplios ventanales que permitían el paso libre de la luz; muy pronto se acostumbraron a suntuosos mobiliarios incrustados con nácar, a elegantes cortinajes de brocado, a cómodas alfombras persas.
También se dejaron seducir por las elaboradas comidas orientales (ellos, que en Europa comían poco y mal), por el uso de suaves perfumes, por el empleo de sábanas y manteles, así como por la utilización de vajillas labradas en oro y plata.
Quienes se quedaron en Antioquía admiraron la excelente construcción de los acueductos, y asimismo las tuberías que llevaban el agua hasta las casas particulares, muchas de las cuales poseían sus propios abastecimientos. En Jerusalén, donde no existía agua en abundancia como para propiciar esas obras, se habían instalado depósitos bien organizados y un sistema de desagüe que funcionaba a la perfección. Las grandes fortalezas fronterizas también gozaban de similares comodidades: baños, salones elegantes y suntuosas salas de recepción.
Los cruzados reconquistaron Jerusalén, pero ellos fueron los conquistados por los adelantos de la civilización musulmana pervivientes en los Santos Lugares. Después de veinte años de instalados victoriosamente en el Reino Latino de Jerusalén, de hecho habían dejado de ser europeos para convertirse en extranjeros íntimamente integrados a la tierra conquistada.
Los peregrinos que visitaban el Santo Sepulcro regresaban a Europa, volvían con noticias tanto de la refinada civilización que presenciaron como de la situación en que vivían quienes se habían radicado en Ultramar. El cambio fue tan extremo que el clérigo Fulberto de Chartres lo resumió así: "El romano y el franco se han vuelto galileos o palestinos. Ya hemos olvidado nuestros hogares de nacimiento”.
La integración de los conquistadores resultó tan grande que al producirse la segunda cruzada en 1147, se especuló que su escandaloso fracaso fue debido a la tibia colaboración recibida en Ultramar.

EL SITIO DE JERUSALÉN
Durante este sitio padecimos el tormento de la sed a tal punto que cosimos pieles de bueyes y búfalos en las que llevábamos agua a lo largo de seis millas. El agua que nos daban semejantes recipientes era infecta y tanto como esa agua fétida lo era el pan de la cebada, motivo diario para nosotros de molestia y aflicción. Los sarracenos, en efecto, tendían lazos secretamente a los nuestros infectando fuentes y manantiales, mataban y despedazaban a todos los que encontraban y ocultaban el ganado en las cavernas y grutas.
Nuestros señores estudiaron entonces los medios de atacar la ciudad mediante máquinas, a fin de poder penetrar para adorar el sepulcro de nuestro Salvador. Se construyeron dos castillos de madera y no poco número de ingenios. El duque Godofredo estableció un castillo guarnecido de máquinas y el conde Raimundo hizo lo mismo. Se hacían traer madera de tierras lejanas. Los sarracenos, viendo a los nuestros construir máquinas, fortificaban admirablemente la ciudad y reforzaban las defensas de las torres durante la noche.
Después, habiendo reconocido nuestros señores el lado más débil de la ciudad hicieron transportar el sábado por la noche nuestra máquina y un castillo de madera: era en el punto Este. Lo levantaron al apuntar el día y después prepararon y guarnecieron el castillo el domingo lunes y el martes. En el sector Sur, el conde Saint Gilles hacía reparar máquina. En este momento sufrimos tal sed, que un hombre no podía, pagando un dinero, obtener agua suficiente para saciarse.
El miércoles y el jueves atacamos fuertemente la ciudad de todos lados, pero antes que la tomásemos por asalto, obispos y sacerdotes hicieron decidir, con sus plegarias y exhortaciones, que se haría, en honra de Dios, una procesión en derredor de las murallas Jerusalén, y sería acompañada de plegarias, limosnas y ayunos.
El viernes por la mañana dimos un asalto general a la ciudad sin poder abrir brecha; estábamos en estupefacción y en gran temor. Después, al aproximarse la hora en que Jesucristo consintió en sufrir por nosotros el suplicio de cruz, nuestros caballeros apostados sobre el castillo se batían con ardor, entre otros el duque Godofredo y el conde Eustaquio su hermano. En este momento uno de nuestros caballeros llamados Lietaldo escaló el muro de la ciudad. Pronto, desde que hubo ascendido, todos los defensores huyeron desde los muros a través de la ciudad y los nuestros los siguieron y acosaron, acuchillando y matando hasta llegar al templo de Salomón.
Por su parte, el conde Raimundo, situado a Mediodía, condujo su ejército y el castillo de madera hasta cerca del muro. Pero entre castillo y muro se extendía un foso, en que se mandó pregonar que quien llevase tres piedras a ficho foso cobraría un dinero. Fue preciso para colmarlo tres días y tres noches. En fin, rellenando el foso, se aproximó al castillo y lo apoyaron contra la muralla. En el interior los defensores se batían con vigor contra los nuestros usando fuego y piedras.
El almirante que mandaba la Torre de David se rindió al conde y le abrió la puerta en la que los peregrinos tenían costumbres de pagar el tributo. Entrados en la ciudad los peregrinos perseguían y mataban a los sarracenos hasta el Templo de Salomón, donde se habían reunido y donde abandonaron a los nuestros el más furioso combate durante toda la jornada hasta el punto que el Templo entero goteaba sangre.
Relato de la reconquista de Jerusalén narrado por un cronista anónimo que participó en ella.

CAMINO DEL SANTO SEPULCRO
Tenso por la emoción del momento, el papa Urbano II abandonó el recinto donde acababa de celebrarse el concilio de Clermont (Francia) y salió al atrio del templo. Una ansiosa muchedumbre lo aguardaba desde hacía varias horas. Era el 28 de noviembre de 1095, día en el cual la cristiandad iba a escuchar un mensaje que influiría buena parte de su historia en los siguientes dos siglos: "Turcos y persas, árabes y agarenos han invadido Antioquía, Nicea e incluso Jerusalén, que guarda el sepulcro de Cristo". La voz de Urbano II se alzó por sobre la anhelante muchedumbre y sintetizó, con encendidas palabras, lo que nobles y plebeyos ya sabían: "Dueños absolutos de Palestina y Siria, han destruido las basílicas e inmolado a los cristianos como si fueran animales. Las iglesias, donde antes se celebraba el divino sacrificio, han sido convertidas por los paganos en establos para sus bestias".
El Papa continuó un pormenorizado relato de lo que estaba ocurriendo en Tierra Santa. Durante el tiempo en que los Santos Lugares permanecieron en poder de los musulmanes se había establecido una relación amistosa entre ellos y los peregrinos cristianos, que podían visitar el sepulcro sin impedimentos. Pero en su expansión territorial, los turcos seljúcidas ocuparon Jerusalén y desencadenaron una persecución sistemática, que a lo largo de catorce años fue creciendo en ferocidad. Las noticias de esta violencia llegaron a Europa por boca de los propios peregrinos, pero fueron especialmente enfatizadas por Pedro el Ermitaño, extraño personaje que con sus discursos encendió la indignación general hasta hacerla clamar venganza.
La respuesta del Papa fue concisa y clara. "¿A quién corresponde vengar estas injurias y recobrar estas tierras sino a vosotros? Tomad el camino del Santo Sepulcro, arrancad aquellos lugares al poder de esa raza maldita y ponedlos bajo vuestro dominio . . ."
Eran las palabras esperadas por la multitud; provocaron de inmediato el efecto buscado por Urbano II.
En respuesta al llamado papal, un grito unánime fue ganando la plaza hasta hacerse ensordecedor: "¡Dieu lo volt!" "¡Dieu lo volt!" (¡Dios lo quiere!). La máxima autoridad eclesiástica convirtió esta exclamación en la consigna oficial que guiaría a quienes emprendieran la marcha. En medio del júbilo se dispuso que los expedicionarios se reconocieran por una cruz roja en la vestimenta, distintivo que hizo se le diera a la empresa el nombre de "cruzada"'. Y así, la determinación de reconquistar los Santos Lugares, el grito de combate y el símbolo se sumaron y dieron nacimiento a un esfuerzo colosal.

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS
En 1212 dos jovencitos afirmaron ser depositarios de un mandato divino: organizar una cruzada de niños para reconquistar los Santos Lugares. El primero de ellos, Nicolás, partió desde Colonia y fue pronunciando arengas por los pueblos hasta reunir unos veinte mil muchachos, todos dispuestos a seguirlo para cumplir con la supuesta orden de Dios. Así atravesaron los Alpes, en un penoso intento por llegar a Génova donde esperaban embarcarse rumbo a Palestina. Muchos murieron de hambre y frío, pero otros lograron su cometido aunque en la ciudad italiana fueron disuadidos por el propio papa. Algunos optaron por regresar a sus lugares de partida y otros prefirieron quedarse trabajando en Italia, desempeñando los hombres los más diversos oficios y las muchachas entrando en prostíbulos.
El otro niño que declaró haber sido ungido por Dios, fue el francés Esteban. Con similares procedimientos a los utilizados por Nicolás, logró reunir un contingente de treinta mil jóvenes que se encaminaron hacia Marsella, cruzando Provenza. En la ciudad portuaria esperaban que las aguas se separaran para que ellos pudieran cruzar. Cuando el milagro no ocurrió, buscaron ser transportados en barcos. Inescrupulosos mercaderes les prometieron llevarlos a su destino, pero en realidad cambiaron de rumbo y los vendieron como esclavos en el Norte de Africa y en Egipto.

La cruzada de los príncipes
Mientras estos acontecimientos ocurrían sin la autorización del papa (pero también sin su reprobación), nobles y señores reclutaron pacientemente un formidable ejército: sesenta mil cruzados salidos tanto de la nobleza como del pueblo franco e itálico. E grupo de normandos italianos estaba conducido por Bohemundo de Tarento, los franceses por Raimundo de Tolosa, los flamencos por Godofredo de Bouillon y los valones por su hermano Balduino. En abril 1096, las cuatro expediciones partieron de distintos puntos de Europa, habiendo acordado encontrarse en Constantinopla, donde el emperador bizantino Alejo Comneno los aguardaba con sentimientos de satisfacción e inquietud.
Las relaciones entre Roma y Bizancio eran en esa época algo más que difíciles, a consecuencia de sus divergencias sobre el culto. Constantinopla aspiraba a una autonomía que el papa no estaba dispuesto a concederle; por esta causa, los conflictos habían llegado a un punto en el que la ruptura definitiva parecía inminente.
Así, la cristiandad se hallaba dividida en dos bandos al producirse el avance turco sobre Bizancio, el gran baluarte cristiano en Oriente, que obligó a los desavenidos a zanjar diferencias y buscar una estrategia única contra el enemigo común. En este marco, los nobles europeos iniciaron su cruzada, la cual revestía para los bizantinos un doble significado. Por una parte, y de ahí la satisfacción de Alejo, creaba un dique de contención ante el avance turco; por otro lado, lo que motivaba la inquietud del emperador: el temor de que los cruzados, después de ocupar los territorios usurpados, crearan reinos independientes y disminuyeran su autoridad.
A comienzos de 1097, los cuatro ejércitos se encontraron en Constantinopla, y sus jefes, cada uno por separado, establecieron acuerdos con Comneno para someter a nombre de éste las tierras reconquistadas. A cambio de estas promesas, el emperador se comprometía a facilitar los medios para que los cruzados pasaran sin inconveniente por el Asia Menor.
Poco antes de que finalizara el año, los comandantes cristianos cumplieron su palabra y pusieron bajo el dominio de Alejo los territorios arrebatados a los turcos. Pero al llegar a Edesa (que reconquistaron sin violencia) decidieron instalarse en ella convertirla en principado. Luego iniciaron el asedio de Antioquía, a la que amenazaron durante seis meses. Esta batalla por la gran ciudad amurallada se considera como la más importante de todas las libradas durante la guerra santa, y en ella los cruzados perdieron lo mejor de sus tropas.
Después pasaron a Trípoli, y por último, el 15 de julio de 1099, a tres años de haber Iniciado la marcha y luego de cinco semanas de lucha ocuparon Jerusalén. En salvaje acometida dieron muerte a todos los turcos y demás infieles que la habitaban, al extremo que un cronista de la época asegura que "la sangre llegaba hasta los tobillos de los cruzados". Al anochecer, con la ciudad en su poder y las manos todavía ensangrentadas, oraron ante el Santo Sepulcro. Quince días más tarde y sin saber el éxito obtenido por los cruzados, moría en Roma Urbano II.

La cruzada de los pobres
El llamamiento de Urbano II produjo dos consecuencias inmediatas: por un lado la organización, a cargo de la nobleza, de una expedición oficial a Tierra Santa; por otro, el movimiento espontáneo del pueblo, de hombres y mujeres anónimos que, entusias-mados por las promesas papales, se pusieron bajo el mando de Pedro el Ermitaño, para que éste guiara la cruzada popular. Si bien no hay constancia de que Pedro hubiese estado presente en el llamamiento oficial de Urbano en Clermont, lo cierto es que antes que acabara 1095 ya andaba predicando por pueblos y zonas campesinas de Francia la necesidad de la cruzada. Hombre extraño, Pedro llevaba una vida casi de mendigo: vivía de la caridad pública, vestía sucios harapos, mientras que insistía en que el segundo advenimiento del Redentor se hallaba próximo. Los pobres, profundamente imbuidos de sentimiento religioso, veían en él a un visionario; su aspecto paupérrimo contribuía a crearle la aureola de santidad que lo rodeaba. Sus discursos encendidos y pasionales, despertaban el entusiasmo general.
A tenor de la proclama de Urbano, se lanzó a reclutar gente, sobre todo siervos, a fin de llevarlos en calidad de jefe hacia Jerusalén. Después de atravesar Francia se encaminó a Alemania, enviando discípulos hacia los lugares que él no podía visitar. Pronto comenzó a seguirlo una multitud harapienta calculada en cincuenta mil personas, entre las que había de todo: labriegos del noreste europeo, que luego de las incursiones de bárbaros y escandinavos no tenían tierra para cultivar, habitantes de aldeas que no contaban con la protección de un señor ni de la Iglesia, familias enteras que buscaban en la emigración una posibilidad de asentamiento y desarrollo; en suma, una hueste de mendigos o casi, guiada únicamente por la fe.
La multitud recorrió en pesados y sucios carromatos los intransitables caminos de Europa medieval. Su objetivo era Constantinopla, como paso previo para llegar al Santo Sepulcro. En tan extenuante marcha, Pedro continuaba predicando; su ejército veía por dicho motivo constantemente engrosado por nuevos campesinos, caballeros empobrecidos, bandoleros y criminales. En Alemania se le sumaron algunos señores. Camino de Oriente, cometieron todo tipo de atrocidades, obsesionados por la idea matar infieles y por la necesidad de alimentarse. Finalmente, enfermedades diversas y el cansancio de una travesía interminable produjeron los explicables estragos. Tan sólo un número reducido de astrosos cruzados llegó a Constantinopla a finales del verano de 1096. Allí se embarcaron con rumbo al Asia Menor, donde después varias batallas fueron aniquilados por los turcos, que dominaban extensas zonas. Unos pocos sobrevivientes lograron regresar a Constantinopla, la orgullosa capital del Imperio Bizantino; allí recibieron algo de ayuda. De Pedro el Ermitaño, generador y conductor de esta cruzada de los pobres, no se tuvieron más noticias.
El primer intento por reconquistar Jerusalén había resultado un completo fracaso.
Tuesday, October 25, 2005

PATRIS, ET FILII, ET SPIRITUS SANCTI. AMEM.
Nos, Dom. Saul III Kaesar Augustus, O.S+G.,
Dei Gratia ,
In Sancta Pristina Apostolica Ecclesia,
Catholica atque Orthodoxa,
Dyarcha Apostolus et Pro-Patriarcha,
Omnibus et Singulis Salutem, Pacem, Benedictionem !
Por este Nosso presente Ato Apostólico, no exercício de Nosso Sagrado Ofício, aprovamos e confirmamos os
Princípios da Hermandad de los Príncipes de Nuestra Señora del Monte Sión, do Reino Titular de Jerusalém,neste corrente mês de outubro do Ano da Graça de Nosso Senhor e Redentor Jesus Cristo de 2005,
estabelecida pela Apostólica Solicitude
de Sua Majestade Imperial e Real Dom Paolo Francesco I Barbaccia de Hohenstaufen de Svevia (Q.D.G)
e de Sua Majestade Real e Imperial Kyr Yosephos Emmanouèl III, O.S+G, Theokrator de Oriente (Q.D.G.).
Com Nossa Especial Bênção Apostólica.
Datum die 23.10.2005 A.D.
Dom Saul,
Dei Humilissimus Servator,
Pro-Patriarcha
Registramos.
Nº 1023/2005 A.D.
Mar Salomão Thomaz III, O.S+G.,
Proto-Eparca titular de Aleppo,
Adiutor Kaesaris et Patriarchae.

LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO
[Su obra más antigua, La guerra de los judíos, constituye un repaso de la historia judía desde la conquista de Jerusalén por Antíoco Epífanes (siglo II a. de C.) hasta la revuelta del año 67 d.de C. A continuación narra la guerra que culminó en el año 73]. Tan solo treinta y tres años después de que Jesús la pronunció, comenzó a cumplirse la profecía acerca de Jerusalén y su templo. Las facciones radicales judías de Jerusalén estaban totalmente decididas a sacudirse el yugo romano. En el año 66 E.C., los informes a este respecto llevaron a la movilización y envío de legiones romanas acaudilladas por Cestio Galo, gobernador de Siria.
Tenían la misión de sofocar la rebelión y castigar a los culpables. Tras hacer estragos en los arrabales de Jerusalén, los soldados de Cestio acamparon en torno a la ciudad amurallada.
Para protegerse del enemigo, emplearon el método del testudo o tortuga: unieron los escudos formando algo parecido al caparazón de una tortuga. Josefo atestigua su eficacia: "Se deslizaban las flechas sin dañar, y [...] los soldados pudieron, sin riesgo, minar la muralla y prepararse para pegar fuego a la puerta del Templo". "Cestio -prosigue Josefo- retiró repentinamente sus tropas [...] y sin razones valederas abandonó la ciudad." Aunque seguramente Josefo no pretendía glorificar al Hijo de Dios, hizo relación del mismo suceso que los cristianos de Jerusalén habían estado esperando: el cumplimiento de la profecía de Jesucristo. Años antes, el Hijo de Dios había dado esta advertencia:
Cuando vean a Jerusalén cercada de ejércitos acampados, entonces sepan que la desolación de ella se ha acercado. Entonces los que estén en Judea echen a huir a las montañas, y los que estén en medio de Jerusalén retírense, y los que estén en los lugares rurales no entren en ella; porque estos son días para hacer justicia, para que se cumplan todas las cosas que están escritas". (Lucas 21:20-22.)
En conformidad con las instrucciones de Jesús, sus fieles seguidores se apresuraron a huir de la ciudad, permanecieron lejos de allí y se libraron del terrible sufrimiento que le sobrevino. Cuando los ejércitos romanos regresaron en el año 70 E.C., Josefo escribió un relato detallado y realista de las consecuencias.
El general Tito, el hijo mayor de Vespasiano, marchó a conquistar Jerusalén y su grandioso templo. En la ciudad luchaban varias facciones por el poder. Recurrían a medidas drásticas que resultaban en baños de sangre. "En vista de los males internos, [algunos] deseaban la entrada de los romanos", con idea de que la guerra "los libraría de tantas calamidades domésticas", explicó Josefo. Llamó a los insurgentes "ladrones" que destruían las propiedades de los opulentos y asesinaban a las personalidades sospechosas de colaborar con los romanos.
La vida degeneró a un grado increíble durante la guerra civil, llegándose a dejar insepultos a los difuntos. "Los sediciosos luchaban sobre montones de cadáveres, y los muertos que pisoteaban avivaban su furor." Saqueaban y asesinaban para obtener comida y riquezas. Los lamentos de los afligidos eran incesantes. Tito exhortó a los judíos a rendir la ciudad a fin de salvar la vida. "Además encargó a Josefo que les hablara en su lengua materna, pensando que los judíos atenderían mejor a un hombre de su misma nación." Estos, empero, reprocharon a Josefo su actitud. A continuación, Tito cercó la ciudad con estacas puntiagudas. (Lucas 19:43.)
Eliminada la posibilidad de escapar o desplazarse, el hambre "devoraba familias y hogares". La lucha continua siguió engrosando el recuento de víctimas. Sin saber que cumplía la profecía bíblica, Tito tomó Jerusalén. Más tarde, al contemplar las sólidas murallas y las torres fortificadas, exclamó: "Dios ha sido el que expulsó a los judíos de estas defensas". Perecieron más de un millón de judíos. (Lucas 21:5, 6, 23, 24.) (Galland 2003)
FLAVIO JOSEFO
En el año 67 d.J.C., el emperador Nerón envió al general Tito Flavio Vespasiano a Palestina para sofocar una rebelión de la población judaica, que ya hacía años que duraba. Vespasiano venció a los judíos en Galilea y, en la conquista de la ciudad de Jotapata hizo prisionero a un joven muy inteligente llamado José ben Matías, un sabio en escrituras de la escuela patriótico-ortodoxa de los fariseos, que era considerado como caudillo y jefe espiritual de los rebeldes de Galilea.
Este José ben Matías no fue crucificado ni obligado a salir a la arena, como solía hacerse con los que se rebelaban contra el poder romano; al contrario, aquel cabecilla supo ganarse el favor de Vespasiano y se convirtió en el acompañante inseparable del general en todas sus campañas victoriosas por Palestina. Según la tradición, eso fue debido a que José ben Matías profetizó a Vespasiano -algo orgulloso a pesar de su probidad y fidelidad- que pronto sería emperador de Roma.
No se necesitaban especiales dotes de profeta para hacer semejante vaticinio, porque quien conociera las circunstancias del momento, podía muy bien calcular que, a la caída de Nerón , subiría al trono el hombre que tuviera las legiones más fuertes, y quien poseía las legiones más fuertes era Vespasiano.
Cuando al cabo de dos años, Vespasiano entró en Roma como emperador, llevó consigo a José ben Matías, le concedió la ciudadanía romana y lo nombró historiador oficial del imperio. A partir de aquel momento, el antiguo fariseo vivió en la capital del mundo y, entre otras cosas, escribió una historia del pueblo judío, de la cual algunos pasajes se incorporaron al libro bíblico de los Macabeos. Ahora se llamaba Flavio Josefo y su libro, escrito con la intención de dar a conocer al mundo grecorromano la historia de su pueblo hasta entonces casi ignorada, es considerado hasta hoy, al lado del Antiguo Testamento, una de las fuentes esenciales para la época primitiva de Palestina, de aquel país pequeño, pero aún así sumamente importante, situado en la encrucijada de las grandes culturas. (Herbert Wendt. Empezó en Babel)

El año de nacimiento de Jesucristo reinaba sobre toda Palestina Herodes el Grande, hijo de padre idumeo y de madre árabe. Este Herodes, con el auxilio de Roma, se apoderó de Jerusalén el año 37 antes de Jesucristo. Y reinó en Palestina hasta su muerte, acaecida durante el destierro en Egipto de la Sagrada Familia.
Con el fin de congraciarse con los judíos, restauró el templo de Jerusalén, agrandándolo y embelleciéndolo magníficamente, de tal manera que aun sin estar terminadas del todo las obras en tiempos de Jesucristo, era la admiración y el orgullo de sus contemporáneos. En su muerte, repartió Herodes sus estados entre tres de sus hijos: el mayor, Arquelao, legaba Judea y Samaria con el título de Rey; a Antipas, Galilea y Perea (este Herodes Antipas fue el que hizo degollar al Bautista y escarneció a Jesucristo en su pasión); a Filipo, los distritos del noreste (Batanea, Traconite y Paneas). Arquelao, a causa de sus crueldades, fue desterrado por Augusto a Viena de las Galias, donde murió el año 6 de nuestra Era.
Desde entonces Judea y Samaria, que constituían sus Estados, quedaron definitivamente bajo el dominio directo de Roma, y gobernados por procuradores romanos. Hasta la muerte del Emperador hubo tres de estos gobernadores; y después, durante el reinado de Tiberio, otros dos: Valerio Grato (del 15 al 26 d. de Jesucristo) y Poncio Pilatos (del 26 al 36 d. de Jesucristo).

Los jordanos prohibieron a los judíos rezar ante el máximo santuario del pueblo hebreo, el Muro de las Lamentaciones.
Este muro es el último resto del templo destruido por los romanos. Está compuesto de gigantescos sillares de hasta 1,80 m de alto y 11 m de largo. Once hiladas están cubiertas por las ruinas, catorce aún son visibles.
Desde la "guerra relámpago" de Israel en la península de Sinaí en junio de 1967 y la conquista de la ciudad antigua de Jerusalén, los judíos piadosos pueden volver a cumplir sus oraciones ante el Muro de las Lamentaciones. Los viernes y días de fiesta, hombres de largas barbas grises besan las piedras, llorando la destrucción del templo.
¿Podrán arrodillarse también ante el Muro de las Lamentaciones en el futuro? Nadie conoce aún la respuesta. Aún no ha llegado a su fin la tragedia de la "Ciudad Santa".

Mas Jerusalén no es tan sólo un santuario de cristianos y judíos; los musulmanes la veneran, después de La Meca y Medina, como Ciudad Santa del islam, pues Mahoma parece ser que subió al paraíso sobre la yegua alada Burak desde Jerusalén. Esto ocurrió en un venerado lugar, también considerado santo por los israelitas, el Haram-ach-Charif, sobre la colina de Moria.
Ya David levantó sobre la gastada roca un ara. Salomón construyó en el mismo lugar, alrededor del año 960 a.de.J.C., el primer templo judío. Precesamente en este lugar levantaron los árabes, bajo las protestas de los judíos, un imponente monumento a la ascensión de Mahoma: la Mezquita de la Roca, símbolo de Jerusalén. La Mezquita de la Roca nunca sirvió como mezquita, como dicen muchas guías de viajes. También es falsa la tan usada denominación de "Mezquita de Omar".
El edificio de la cúpula dorada se consideró siempre un cofre para guardar la Santa Roca; nunca tuvieron lugar en él actos de culto. Pare este fin se construyó en el rincón sudoriental la mezquita Al-Aqsa. Ocho gradas que mueren bajo unas arcadas conducen desde todos los lados a lo alto de la Mezquita de la Roca. Los musulmanes llaman a estas arcadas "mavazin", las balanzas. Según una leyenda islámica, el día del Juicio Final se tenderá una cerda de caballo desde las "balanzas" al Monte de los Olivos. Todos los resucitados deberán pasar por sobre ella.
Quien haya cometido injusticias caerá a la perdición eterna. Un guía muestra, dentro de la Mezquita de la Roca, recuerdos de la ascensión a caballo de Mahoma: el arcángel Gabriel grabó en la roca una huella digital; el caballo alado, en el momento de saltar, dejó la huella de uno de sus cascos. Un hueco bajo la roca recuerda el turbante del profeta, que, al levantarse después de orar se hubiera golpeado contra la piedra si ésta no se hubiese reblandecido en ese instante. (Gööch)

Los santuarios cristianos en Jerusalén han tenido que soportarlas mismas desgracias que los hebreos. Para los cristianos es el monte Calvario y el Santo Sepulcro, que en realidad son un solo lugar, el polo alrededor del cual gira todo en Jerusalén. Se camina por un laberinto de intrincadas callejas y de repente se llega ante la fachada románica de la basílica del Santo Sepulcro.
Hace una impresión sombría y decadente. Están representados en ella todos los estilos arquitectónicos de los últimos mil años. En la entrada se topa, para gran sorpresa, con el islam: según un antiquísimo privilegio, el portal de la basílica es abierto por una familia musulmana. En el centro del gigantesco recinto está la iglesia del Sepulcro dentro de un rosario de capillas, todas las cuales hacen referencia a la historia de la salvación. Una de las capillas está construida sobre la roca del Gólgota.
Un hoyo enmarcado en plata indica el lugar donde en un tiempo debió de levantarse la cruz. Bajo la cúpula de la iglesia hay una pequeña capilla de mármol con un atrio, la llamada capilla del ángel. En ella se guarda la piedra que los ángeles apartaron del sepulcro de Jesucristo. Detrás del Santo Sepulcro. Es un espacio muy reducido, en el que caben, como máximo cuatro personas. Llenan el aire nubes de incienso. Lo iluminan 43 lámparas preciosas, cada una de las cuales pertenece a una de las confesiones cristianas.
Los muros están revestidos de mármol. Los peregrinos, sumidos en oraciones, se arrodillan ante la piedra sobre la que debió haber reposado, en la tumba, el cadáver del Redentor. Cinco confesiones, la ortodoxa griega, la católica romana, la siria, copta y los jacobitas, una pequeña comunidad religiosa siria, se han repartido el señorío sobre la iglesia del Santo Sepulcro.
Velan celosamente las capillas, las lámparas y limosnas. Junto a la tumba misma se revelan según un plan fijado hasta el minuto vigilando cuidadosamente de que nadie eche su óbolo en el platillo de la religión equivocada.
Fue una labor científica de tipo detestivesco el fijar los Santos Lugares, con exactitud, en la Jerusalén varias veces destruida. También en lo que hace referencia a la iglesia del Santo Sepulcro, aún no se está de acuerdo en si realmente se ha construido sobre la colina del Gólgota y la tumba de José de Arimatea.
Es demasiado grande el peso de los despojos del tiempo sobre los que sucedió. Se sabe que la Via Dolorosa, la calle a través de la cual Jesucristo llevó su cruz, que, en el transcurso del tiempo, ha cambiado de lugar varias veces. La calle que hoy se llama así, una estrecha callejuela, sólo quiere ser un lugar de piadoso recuerdo. Unas lápidas señalan las catorce estaciones del martirio. La primera está junto al convento de las hermanas del Sion francesas. La decimocuarta y última es la capilla del Sepulcro, en la iglesia del Santo Sepulcro.
Es difícil descubrir bajo la actual Jerusalén la ciudad de Jesucristo. El ajetreo, el comercio junto a los Santos Lugares toma no pocas veces formas repulsivas. Sólo en el jardín de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, hay tanta paz como hace dos mil años, cuando Jesucristo estuvo allí con sus discípulos. Hoy el jardín pertenece a los franciscanos. El Papa confió a esta orden la vigilancia de los Santos Lugares. Desde el jardín de Getsemaní se puede echar una amplia mirada sobre la ciudad con sus volubles murallas. Jesucristo entró en Jerusalén, el domingo de ramos, montado sobre una pollina, entre los gritos de Hosanna del pueblo, a través de la "Puerta Dorada". Hasta el siglo VIII, el patriarca griego de Jerusalén entraba cada año en la ciudad por la "Puerta Dorada". Entonces los árabes la tapiaron. Temían una antigua profecía, según la cual un conquistador cristiano entraría una vez en Jerusalén por esta puerta.

Fue el mismo Dios el que, hallándose los hebreos acampados en la falda del Sinaí, después de su salida de Egipto, y luego de comunicarles su santa ley y de establecer con ellos una nueva alianza, por medio de Moisés, les dio una constitución religiosa, que fuese capaz de conservar en medio del mundo pagano el tesoro de la divina revelación, que en la plenitud de los tiempos se había de comunicar a todas las naciones.

Tres religiones mundiales -judaísmo, cristianismo e islamismo- hicieron de ella la manzana de la discordia de su creencia. Sin embargo, tampoco en ningún lugar se han rezado tantas oraciones como en Jerusalén. Pues, según intenta explicarlo el escritor Peter Bamm en su libro Lugares de la cristiandad primitiva:
El motivo de las rencillas acerca de Jerusalén fue siempre la exageración de una virtud, la virtud de la piedad.
Desde los días de Jesucristo, la ciudad ha sido conquistada once veces y destruida totalmente cinco. Mas sus ruinas siguen guardando los recuerdos del pasado, aunque, según opinión de los arqueólogos, la Jerusalén bíblica descansa bajo una capa de cascotes de 20 m de altura.
Por ello resulta tan problemático querer reencontrar, como viajero de hoy, la Jerusalén de hace 2000 años.
En el año 70 d.de J.C. ocurrió lo que Cristo había predicho:
"Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de las naciones."
Las legiones de Tito hicieron que la ciudad cayese pasto de las llamas. Al mismo tiempo se roturaron completamente sus alrededores en un radio de 18 km, convirtiéndolos con ello en un desierto calcáreo que aún subsiste hoy. Se derribó la triple muralla, se destruyó y se mancilló el templo de los judíos.
Más tarde, los romanos destruyeron totalmente sus pobres restos, cuando los judíos intentaron desprenderse del yugo romano, bajo las órdenes de Ben Kochba (nombre transmitido hasta nosotros por medio de los "rollos del Mar Muerto"). Adriano fundó, sobre las ruinas, una nueva ciudad, Aelia Catolina. Doscientos años más tarde llegó desde Bizancio la piadosa emperatriz Elena para buscar los lugares santos. Buscó y halló el Santo Sepulcro.
Desde ese instante, Jerusalén se convirtió en juguete de la historia. En el año 614 fue destruida por los persas, en 637 conquistada por el califa Omar, en 1072 por los seljúcidas, en 1099 por CRUZADO cristianos. En el año 1187, el sultán SALADINO volvió a arrebatar la ciudad a los caballeros francos, en 1617 asaltaron sus muros turcos osmanlíes.
En 1917 entró en la ciudad el ejército inglés. Y desde 1948, Jordania e Israel luchan denodadamente por la posesión de la "Ciudad Santa". Por mediación de las Naciones Unidas se concertó un armisticio. Ambos contrincantes se quedaron con la parte de la ciudad que en aquel momento ocupaban. Surgió una frontera tan casual como absurda. Una salvaje franja con barreras antitanques y alambres de espinos dividió lo que durante milenios había sido una unidad. Un solo acceso unía ambas partes de Jerusalén: la Puerta de Mandelbaum.

El Protectorado Espiritual de la Hermandad, está bajo la égida espiritual y la eminentísima Protección de la Sancta Pristina Apostolica Ecclesia, Catholica atque Ortodoxa, y en su Dyarcha Apostólico “ad infinitud”, y sus legítimos sucesores, en cuya Jurisdicción ha sido inscrita a perpetuidad, de ello deviene con armoniosa lógica, que conservando su carácter ecuménico se halle bajo el Protectorado Beatísimo de quién ostenta la Legítima Sucesión de la misma, Su Beatitud Sagrada D. Saul IIIº Kaesar Augustus, Jerarca Felizmente Reinante, en el Solio Patriarcal de la Santa Iglesia Primitiva.

MARISCAL DEL REINO DE JERUSALÉN
Su Majestad Real e Imperial Dom. Yosephos Emmanouèl III, O.S+G, Teokrator de Oriente, Mégalogennêtos Kyrios Basileus Basilión, Custodio de la Doble Corona Teocrática de Tadmur, Protector Hereditario en y de la Suprema Comunidad de los Hijos de Dios, Correctiur Totius Orientis, Dyarcha Autokrator de la Proto Eparquía de Iberia. Gran Maestre de la Orden Bonaria.

REGENTE CAPITULAR
Su Alteza Imperial y Real el Príncipe D. Paolo Barbaccia de Hohenstaufen de Svevia, Rey de Sicilia, Rey de Toscana, Príncipe de Antioquia, Duque de Svevia, Jefe de Nombre y de Armas de la Casa de Svevia, y de la Normanda Sicilia de Altavilla, Príncipe del Sacro Romano Germánico Imperio, Rey de Jerusalén “de iure”. Gran Maestre de la Orden Teutónica.

El objeto de esta Hermandad será la de crear Hospitales, Escuelas, Casas de Acogida, Desarrollo de Proyectos Religiosos, Investigaciones Históricas en Tierra Santa, y estará formada por Altos Oficiales de la Orden Teutónica y de la Orden Bonaria, que hayan sido propuestos por sus Grandes Maestres, en un número de nueve Hermanos, contando entre ellos al Regente Capitular, y al Mariscal.
Los principios de la Hermandad son:
1) Creer, respetar y amar con Lealtad al Dios Único, Uno y Trino, hecho Hombre en Jesús el Cristo - Emmanuel, Misericordioso, Poderoso Hacedor de todas las cosas Temporales, Espirituales y Eternas.
2) Defender la Justicia en la Tierra de Jerusalén.
3) Proteger a débiles, huérfanos, viudas, indefensos, cautivos y necesitados en Jerusalén.
4) La creación de Hospitales, Escuelas, la defensa de las Iglesias, la realización de Proyectos Humanitarios en tierras de Jerusalén.
5) Defender el Santo Sepulcro, y los Santos Lugares, no con las Armas del Caballero de Antaño, pero si con la inteligencia, la fe y el conocimiento en Dios, nuestro Señor.
6) Los Dos Grandes Maestres, tanto de las egregias Orden Teutónica, y de la Orden Bonaria, se compromenten a tener un Museo de Tierra Santa en las Sedes Magistrales de las dos Órdenes, de carácter gratuito y permanente.



