
Nacimiento de Ultramar
Los territorios reconquistados fueron repartidos de la siguiente forma: Edesa para Balduino, Antioquía para Bohemundo, Trípoli para Raimundo y Jerusalén para Godofredo. Todos quedaron como feudatarios de éste, que fue reconocido cabeza del Reino Latino de Jerusalén. Estos señoríos construyeron una larga cadena de fortalezas y puertos fortificados a lo largo de la costa mediterránea, y para llamarlos de manera uniforme se les dio el nombre de Ultramar.
Demostradas sus aptitudes guerreras, los hombres que habían reconquistado para la cristiandad Tierra Santa trataron de imponer en sus feudos un tipo de vida similar al que llevaban en Europa. Sin embargo, las cosas no podrían ser iguales, toda vez que la realidad ante la que se encontraban distaba mucho de ser similar a la europea.
Esto se puso de manifiesto durante su estancia en Constantinopla, donde encontraron una civilización culta y refinada de la que no tenían sino difusas noticias. Cuando partieron para su legendaria empresa, Roma, París o Londres no pasaban de ser rudimentarias ciudades con mercados más o menos importantes; Constantinopla, en cambio, era una auténtica capital imperial; sus calles pavimentadas se engalanaban en las noches, merced a la iluminación artificial; en sus tiendas se comerciaba con todo tipo de productos, la gente disfrutaba de parques, teatros y de un hipódromo.
Constantinopla se enorgullecía también de mansiones donde vivían los grandes señores, entre mármoles, mosaicos, piedras preciosas y tejidos extraordinarios.
El encuentro con esta cultura resultó un descubrimiento para los cruzados, ya fueran éstos señores o simples soldados convertidos después del triunfo en colonos de las tierras ganadas tras duras batallas. Para todos, de una u otra forma se hacían realidad las promesas del papa, y el mundo sombrío dejado atrás parecía esfumarse en un presente pródigo de novedades. Porque más allá de la reconquista, el proceso que se produjo en Ultramar resultó todo lo contrario de aquello que los europeos querían promover.
Fueron ellos, y no los vencidos, quienes modificaron sus costumbres para adoptar las recién descubiertas. Rápidamente se habituaron a las construcciones de amplios ventanales que permitían el paso libre de la luz; muy pronto se acostumbraron a suntuosos mobiliarios incrustados con nácar, a elegantes cortinajes de brocado, a cómodas alfombras persas.
También se dejaron seducir por las elaboradas comidas orientales (ellos, que en Europa comían poco y mal), por el uso de suaves perfumes, por el empleo de sábanas y manteles, así como por la utilización de vajillas labradas en oro y plata.
Quienes se quedaron en Antioquía admiraron la excelente construcción de los acueductos, y asimismo las tuberías que llevaban el agua hasta las casas particulares, muchas de las cuales poseían sus propios abastecimientos. En Jerusalén, donde no existía agua en abundancia como para propiciar esas obras, se habían instalado depósitos bien organizados y un sistema de desagüe que funcionaba a la perfección. Las grandes fortalezas fronterizas también gozaban de similares comodidades: baños, salones elegantes y suntuosas salas de recepción.
Los cruzados reconquistaron Jerusalén, pero ellos fueron los conquistados por los adelantos de la civilización musulmana pervivientes en los Santos Lugares. Después de veinte años de instalados victoriosamente en el Reino Latino de Jerusalén, de hecho habían dejado de ser europeos para convertirse en extranjeros íntimamente integrados a la tierra conquistada.
Los peregrinos que visitaban el Santo Sepulcro regresaban a Europa, volvían con noticias tanto de la refinada civilización que presenciaron como de la situación en que vivían quienes se habían radicado en Ultramar. El cambio fue tan extremo que el clérigo Fulberto de Chartres lo resumió así: "El romano y el franco se han vuelto galileos o palestinos. Ya hemos olvidado nuestros hogares de nacimiento”.
La integración de los conquistadores resultó tan grande que al producirse la segunda cruzada en 1147, se especuló que su escandaloso fracaso fue debido a la tibia colaboración recibida en Ultramar.
