
Jerusalén perdida y nunca más recuperada.
Sin embargo, la meta declarada por quienes organizaron dicha expedición fue, precisamente, respaldar a Ultramar contra los constantes peligros que significaba para su seguridad el mundo islámico que tenía a sus espaldas. En la nochebuena de 1144, los musulmanes reconquistaron Edesa y pusieron en precaria situación a las otras poblaciones cristianas. Ante estos hechos, Bernardo de Claraval llamó a una segunda cruzada que contó con la participación personal de dos monarcas, Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania.
Confusa desde sus inicios, esta expedición duró dos años, al final de los cuales no sólo no retomó el poder de Edesa, sino que terminó disgregándose, dejando librados a sus propios medios a los restantes baluartes de Ultramar. Dentro de Jerusalén, Trípoli y Antioquía, estas noticias provocaron gran alarma.
Si bien existían las órdenes de los Templarios y los Hospitalarios, fundadas por caballeros franceses que hicieron voto de pobreza, castidad y obediencia para defender por las armas el reino de Jerusalén, sus fuerzas no eran superiores a los veinte mil hombres y no disponían del armamento necesario para enfrentarse a una invasión en masa.
Esta se produjo en 1187, comandada por el sultán Saladino, quien expulsó a los cristianos de los territorios ocupados. Europa quiso responder con una tercera cruzada, organizada casi cien años después que la primera, y que pareció tener el espíritu y la determinación de aquélla, aunque nunca obtuvo sus mismos resultados. Esta cruzada llevó a Oriente un gigantesco ejército guiado por los tres reyes europeos más poderosos: Federico Barbarroja, de Alemania (que murió ahogado antes de entrar en acción); Felipe Augusto, de Francia (que regresó con la mayoría de sus hombres, luego de haber entablado duros combates); y Ricardo Corazón de León, de Inglaterra (que llegó a establecer un acuerdo con Saladino, aunque sin recuperar ninguno de los lugares perdidos).
Hubo luego otras cinco cruzadas, cada de las cuales desvirtuaba aún más los objetivos originales. Nebulosas razones políticas y claros motivos fueron sus fundamentos, aunque siempre bajo el estandarte recuperar el Santo Sepulcro y con el grito de "¡Dios lo quiere!" En 1291, finalmente, las fuerzas del Islam ocuparon San Juan de Acre, el último bastión cristiano en Tierra Santa, y las cruzadas llegaron a su fin.
De alguna forma, era el final lógico para ana empresa que a lo largo de dos siglos vio transformada su intención primera. Europa había entrado en la economía mercantil en lugar del intercambio, y ello favoreció el auge de los mercaderes, enriquecidos a través del comercio propiciado por las cruzadas. Paralelamente, la nobleza veía mermado su poderío económico y debía conceder la libertad a ciudades y siervos.
Las poblaciones se volvían autónomas y pujantes, modificando lentamente las relaciones de poder. Los conocimientos técnicos, así como los hábitos y costumbres traídos de Oriente se incorporaron al saber y la vida occidentales.
Las brumas de la Edad Media comenzaban a disiparse y un nuevo espíritu animaba a los hombres, un espíritu que ya no comprendía la necesidad de reconquistar unas tierras lejanas, pero que en cambio afirmaba el deseo de consolidar su propio desarrollo. Poco a poco se abría el camino hacia el Renacimiento. Las cruzadas pasaban a la historia.
