
La cruzada de los príncipes
Mientras estos acontecimientos ocurrían sin la autorización del papa (pero también sin su reprobación), nobles y señores reclutaron pacientemente un formidable ejército: sesenta mil cruzados salidos tanto de la nobleza como del pueblo franco e itálico. E grupo de normandos italianos estaba conducido por Bohemundo de Tarento, los franceses por Raimundo de Tolosa, los flamencos por Godofredo de Bouillon y los valones por su hermano Balduino. En abril 1096, las cuatro expediciones partieron de distintos puntos de Europa, habiendo acordado encontrarse en Constantinopla, donde el emperador bizantino Alejo Comneno los aguardaba con sentimientos de satisfacción e inquietud.
Las relaciones entre Roma y Bizancio eran en esa época algo más que difíciles, a consecuencia de sus divergencias sobre el culto. Constantinopla aspiraba a una autonomía que el papa no estaba dispuesto a concederle; por esta causa, los conflictos habían llegado a un punto en el que la ruptura definitiva parecía inminente.
Así, la cristiandad se hallaba dividida en dos bandos al producirse el avance turco sobre Bizancio, el gran baluarte cristiano en Oriente, que obligó a los desavenidos a zanjar diferencias y buscar una estrategia única contra el enemigo común. En este marco, los nobles europeos iniciaron su cruzada, la cual revestía para los bizantinos un doble significado. Por una parte, y de ahí la satisfacción de Alejo, creaba un dique de contención ante el avance turco; por otro lado, lo que motivaba la inquietud del emperador: el temor de que los cruzados, después de ocupar los territorios usurpados, crearan reinos independientes y disminuyeran su autoridad.
A comienzos de 1097, los cuatro ejércitos se encontraron en Constantinopla, y sus jefes, cada uno por separado, establecieron acuerdos con Comneno para someter a nombre de éste las tierras reconquistadas. A cambio de estas promesas, el emperador se comprometía a facilitar los medios para que los cruzados pasaran sin inconveniente por el Asia Menor.
Poco antes de que finalizara el año, los comandantes cristianos cumplieron su palabra y pusieron bajo el dominio de Alejo los territorios arrebatados a los turcos. Pero al llegar a Edesa (que reconquistaron sin violencia) decidieron instalarse en ella convertirla en principado. Luego iniciaron el asedio de Antioquía, a la que amenazaron durante seis meses. Esta batalla por la gran ciudad amurallada se considera como la más importante de todas las libradas durante la guerra santa, y en ella los cruzados perdieron lo mejor de sus tropas.
Después pasaron a Trípoli, y por último, el 15 de julio de 1099, a tres años de haber Iniciado la marcha y luego de cinco semanas de lucha ocuparon Jerusalén. En salvaje acometida dieron muerte a todos los turcos y demás infieles que la habitaban, al extremo que un cronista de la época asegura que "la sangre llegaba hasta los tobillos de los cruzados". Al anochecer, con la ciudad en su poder y las manos todavía ensangrentadas, oraron ante el Santo Sepulcro. Quince días más tarde y sin saber el éxito obtenido por los cruzados, moría en Roma Urbano II.
