
CAMINO DEL SANTO SEPULCRO
Tenso por la emoción del momento, el papa Urbano II abandonó el recinto donde acababa de celebrarse el concilio de Clermont (Francia) y salió al atrio del templo. Una ansiosa muchedumbre lo aguardaba desde hacía varias horas. Era el 28 de noviembre de 1095, día en el cual la cristiandad iba a escuchar un mensaje que influiría buena parte de su historia en los siguientes dos siglos: "Turcos y persas, árabes y agarenos han invadido Antioquía, Nicea e incluso Jerusalén, que guarda el sepulcro de Cristo". La voz de Urbano II se alzó por sobre la anhelante muchedumbre y sintetizó, con encendidas palabras, lo que nobles y plebeyos ya sabían: "Dueños absolutos de Palestina y Siria, han destruido las basílicas e inmolado a los cristianos como si fueran animales. Las iglesias, donde antes se celebraba el divino sacrificio, han sido convertidas por los paganos en establos para sus bestias".
El Papa continuó un pormenorizado relato de lo que estaba ocurriendo en Tierra Santa. Durante el tiempo en que los Santos Lugares permanecieron en poder de los musulmanes se había establecido una relación amistosa entre ellos y los peregrinos cristianos, que podían visitar el sepulcro sin impedimentos. Pero en su expansión territorial, los turcos seljúcidas ocuparon Jerusalén y desencadenaron una persecución sistemática, que a lo largo de catorce años fue creciendo en ferocidad. Las noticias de esta violencia llegaron a Europa por boca de los propios peregrinos, pero fueron especialmente enfatizadas por Pedro el Ermitaño, extraño personaje que con sus discursos encendió la indignación general hasta hacerla clamar venganza.
La respuesta del Papa fue concisa y clara. "¿A quién corresponde vengar estas injurias y recobrar estas tierras sino a vosotros? Tomad el camino del Santo Sepulcro, arrancad aquellos lugares al poder de esa raza maldita y ponedlos bajo vuestro dominio . . ."
Eran las palabras esperadas por la multitud; provocaron de inmediato el efecto buscado por Urbano II.
En respuesta al llamado papal, un grito unánime fue ganando la plaza hasta hacerse ensordecedor: "¡Dieu lo volt!" "¡Dieu lo volt!" (¡Dios lo quiere!). La máxima autoridad eclesiástica convirtió esta exclamación en la consigna oficial que guiaría a quienes emprendieran la marcha. En medio del júbilo se dispuso que los expedicionarios se reconocieran por una cruz roja en la vestimenta, distintivo que hizo se le diera a la empresa el nombre de "cruzada"'. Y así, la determinación de reconquistar los Santos Lugares, el grito de combate y el símbolo se sumaron y dieron nacimiento a un esfuerzo colosal.
