
Un mundo en sombras
Para el hombre europeo de los años 1000, la vida carecía de horizontes definidos. Con la caída de los grandes imperios, pero de manera especial con el desmembramiento del Sacro Imperio creado por Carlomagno, el feudalismo se extendió por toda Europa e impuso un nuevo tipo de relación social: el juramento de lealtad que vinculaba al vasallo con un señor; a cambio de esta fidelidad, el señor concedía a su vasallo un feudo y le garantizaba protección.
Al desaparecer las grandes urbes como Atenas y Roma, Europa se fraccionó en pequeños reinos, en los que surgieron infinidad de aldeas en torno al castillo señorial. La vida allí transcurría monótona y sin perspectivas de cambio. El señor disponía de sus propiedades y de sus hombres, tanto para la producción agrícola como para la guerra con los feudos vecinos.
Sostenía una relación distante con el rey, quien para mantenerlo fiel a la corona le otorgaba; prerrogativas y donaciones de tierras que aumentaban, territorial y jurídicamente, su poder feudal. El soberano, por su parte, trataba de mantener un mínimo de cohesión entre los dominios fraccionados, pero veía mermado su poderío en la pugna permanente con la Iglesia, que aspiraba en convertirse en el único poder universal.
En el otro extremo de la escala social, el hombre común vivía sometido a la servidumbre, a los temores de un mundo que la ciencia todavía no había descifrado, al respeto por una Iglesia todopoderosa y a la cual le reconocía la capacidad de adminis-trar justicia tanto terrenal como celestial. Lleno de miedos e incertidumbres, este hombre vivía en pequeñas construcciones que eran el símbolo de su propia existencia: en lugar de las casas romanas, construidas alrededor de un patio central y con habitaciones espaciosas plenas de luz, habitaba en chozas frías y lúgubres, apenas iluminadas por diminutas ventanas. Los hábitos higiénicos, que tan alto desarrollo habían alcanzado en los imperios desapare-cidos, perdieron su importancia hasta casi extinguirse; de ahí que se incrementaran las enfermedades infecciosas, grandes epidemias que estuvieron a punto de diezmar a Europa en varias ocasiones. Como manifestación cotidiana de las sombras que se apoderaron del mundo, la ropa dejó de ser ligera y sensual y se convirtió en pesadas prendas que cubrían el cuerpo del cuello hasta los pies.
El comercio y la industria estaban detenidos en su desarrollo, salvo en los asentamientos marítimos (Venecia, Génova, Pisa). La ciencia y el conocimiento hacían escasos progresos (a excepción de España, donde la influencia árabe producía avances en todas las ramas del saber), y el arte otrora dejó su lugar a un artesanado que lentamente mejoraba sus técnicas. Sólo Iglesia desarrolló una función dinámica tras los muros de los monasterios, y proclamó el valor universal de su fe, a la vez que aportó un elemento desconocido en los siglos anteriores: la igualdad de todos hombres ante la mirada de un ser supremo Así revitalizó el interés de conocer, peregrinando hasta ellos, Los Santos Lugares.
Cuando Urbano II convoca a la cruzada, lo hace esgrimiendo el motivo declarado de reconquistar Jerusalén, pero estudiosos modernos como Carl Grimberg y Steven Rurcinam estiman que también encontró en e la posibilidad de solucionar difíciles problemas políticos y demográficos. La expedición era un magnífico medio para alejar sus reductos a los señores y caballeros belicosos; para comprometer a reyes y prínci-pes en una empresa motivada y dirigida por la Iglesia, para canalizar, con promesas de un mundo mejor, las inquietudes de los humildes. Los nobles tendrían la oportunidad de poner en práctica sus afanes combativos; los siervos, la opción de liberarse de su sojuzgamiento; todos: la ocasión de enriquecerse de una vez y para siempre. Urbano aprovechó esta conjunción de factores y prometió para los cruzados el perdón de sus pecados, la condonación de sus deudas y el enseñoramiento de las tierras que conquistaran, en las que "fluían leche y miel, como en otro paraíso de delicias", mientras que las que dejarían eran "demasiado angostas para vuestra población" y carentes de recursos alimenticios. Para una Europa empobrecida, pero especialmente para una Francia al borde de la hambruna, tales promesas no podían ser más tentadoras.
