Thursday, October 27, 2005



EL SITIO DE JERUSALÉN

Durante este sitio padecimos el tormento de la sed a tal punto que cosimos pieles de bueyes y búfalos en las que llevábamos agua a lo largo de seis millas. El agua que nos daban semejantes recipientes era infecta y tanto como esa agua fétida lo era el pan de la cebada, motivo diario para nosotros de molestia y aflicción. Los sarracenos, en efecto, tendían lazos secretamente a los nuestros infectando fuentes y manantiales, mataban y despedazaban a todos los que encontraban y ocultaban el ganado en las cavernas y grutas.

Nuestros señores estudiaron entonces los medios de atacar la ciudad mediante máquinas, a fin de poder penetrar para adorar el sepulcro de nuestro Salvador. Se construyeron dos castillos de madera y no poco número de ingenios. El duque Godofredo estableció un castillo guarnecido de máquinas y el conde Raimundo hizo lo mismo. Se hacían traer madera de tierras lejanas. Los sarracenos, viendo a los nuestros construir máquinas, fortificaban admirablemente la ciudad y reforzaban las defensas de las torres durante la noche.

Después, habiendo reconocido nuestros señores el lado más débil de la ciudad hicieron transportar el sábado por la noche nuestra máquina y un castillo de madera: era en el punto Este. Lo levantaron al apuntar el día y después prepararon y guarnecieron el castillo el domingo lunes y el martes. En el sector Sur, el conde Saint Gilles hacía reparar máquina. En este momento sufrimos tal sed, que un hombre no podía, pagando un dinero, obtener agua suficiente para saciarse.

El miércoles y el jueves atacamos fuertemente la ciudad de todos lados, pero antes que la tomásemos por asalto, obispos y sacerdotes hicieron decidir, con sus plegarias y exhortaciones, que se haría, en honra de Dios, una procesión en derredor de las murallas Jerusalén, y sería acompañada de plegarias, limosnas y ayunos.

El viernes por la mañana dimos un asalto general a la ciudad sin poder abrir brecha; estábamos en estupefacción y en gran temor. Después, al aproximarse la hora en que Jesucristo consintió en sufrir por nosotros el suplicio de cruz, nuestros caballeros apostados sobre el castillo se batían con ardor, entre otros el duque Godofredo y el conde Eustaquio su hermano. En este momento uno de nuestros caballeros llamados Lietaldo escaló el muro de la ciudad. Pronto, desde que hubo ascendido, todos los defensores huyeron desde los muros a través de la ciudad y los nuestros los siguieron y acosaron, acuchillando y matando hasta llegar al templo de Salomón.

Por su parte, el conde Raimundo, situado a Mediodía, condujo su ejército y el castillo de madera hasta cerca del muro. Pero entre castillo y muro se extendía un foso, en que se mandó pregonar que quien llevase tres piedras a ficho foso cobraría un dinero. Fue preciso para colmarlo tres días y tres noches. En fin, rellenando el foso, se aproximó al castillo y lo apoyaron contra la muralla. En el interior los defensores se batían con vigor contra los nuestros usando fuego y piedras.

El almirante que mandaba la Torre de David se rindió al conde y le abrió la puerta en la que los peregrinos tenían costumbres de pagar el tributo. Entrados en la ciudad los peregrinos perseguían y mataban a los sarracenos hasta el Templo de Salomón, donde se habían reunido y donde abandonaron a los nuestros el más furioso combate durante toda la jornada hasta el punto que el Templo entero goteaba sangre.

Relato de la reconquista de Jerusalén narrado por un cronista anónimo que participó en ella.